Seis hitos, seis tradiciones en un recorrido que revela la riqueza cultural de La Paz, desde las ñatitas hasta el Carnaval Paceño.
AMUN / 10-10-25
Las sombras se estiraban entre las lápidas cuando el reloj marcó las 19:52. Una bruma ligera parecía abrazar al Cementerio General de La Paz, donde el aire olía a tierra húmeda y a memoria antigua. Las puertas se abren y dejan pasar a un río silencioso de curiosos, devotos y turistas.
El alcalde Iván Arias avanza entre los saludos, sus manos estrechando las de cada visitante, mientras la representante de la Cholita Paceña sonríe tímidamente desde un costado, consciente de que cada gesto es parte de un ritual colectivo.
Más de 6.000 personas esperan su turno, y la fila parece un río interminable de luces de linternas y rostros iluminados por la expectación. No hay gritos ni sustos; hay un silencio reverente, interrumpido por murmullos que se confunden con el viento nocturno.
“No es una noche de terror”, dice Arias, mientras comienza el recorrido, “es una noche para escuchar a los muertos, para que nos hablen de esperanza y fe”. Sus palabras flotan en el aire como un eco antiguo que se mezcla con el crujir de las hojas secas bajo los pies.
El inicio del recorrido recuerda los orígenes del cementerio, fundado en 1826 para acoger a los héroes de la independencia. Mausoleos solemnes, con lápidas que parecen suspirar, albergan los restos de soldados que dieron su vida por un sueño de patria.
Entre ellos, la paradoja de la historia: la mujer que se opuso a la construcción del cementerio terminó siendo la primera en descansar allí. Cada piedra, cada mármol, cada inscripción parece susurrar historias de valentía, pérdida y memoria.
Un espectáculo
Al avanzar, la noche se transforma en espectáculo: luces de colores bailan sobre los mausoleos, proyectando murales que cobran vida con mapping y música. Las calaveritas de las ñatitas, sin nariz, parecen observar a los visitantes con un guiño travieso, recordando que la muerte puede enseñarnos sin aterrorizarnos. Es el primer hito de la noche.
El murmullo de la multitud se mezcla con la música tradicional, creando una sinfonía que recorre las gradas y los pasillos del cementerio, llevando al espectador a sentir la historia con todos los sentidos.


El Gran Poder se revela en la siguiente estación: un santuario portátil donde Facunda y Adolfo, pasantes de la fiesta mayor de los Andes, representan siglos de fe y tradición. Trompetas, matracas y tambores resuenan con un ritmo que hace vibrar el pecho, y los bordados de las cholas paceñas brillan bajo la luz artificial como un tapiz que cuenta historias de resistencia y devoción.
La danza no es solo movimiento: es lenguaje, memoria y celebración de la vida. Más de 70.000 danzarines, 8.000 músicos y 75 fraternidades recorren siete kilómetros de historia y fe, recordando que la identidad paceña se escribe con pasos, con ritmos, con sudor y con devoción.
Antes, la celebración estaba limitada al barrio de Chijini. Hoy, es un fenómeno que une a toda La Paz: cada calle, cada plaza, cada pasillo del cementerio se llena de voces, música y aromas de la tradición.
Cada símbolo tiene su historia
“La infraestructura hace inevitable hablar de Halloween”, explica el secretario municipal de Culturas, Rodney Miranda, “pero nosotros trabajamos para revalorizar la tradicional fiesta de Todos Santos”. En ella se recuerdan los muertos: desde el primero de noviembre al mediodía hasta el 2 de noviembre, las almas regresan entre nosotros.
El caballo, la Tanta Wawa, la escalera, cada elemento de la mesa de ofrenda evoca la llegada de los difuntos. Hoy, la fiesta ha evolucionado: no solo wawas, sino también perritos que reciben a sus pequeñas almas, celebrando con los vivos la continuidad de la memoria. Los visitantes observan el vehículo simbólico que transporta a los difuntos, mientras luces apagadas revelan nuevos significados y nos invitan a la introspección.


El duelo, la nostalgia y el amor se entremezclan. Se recuerda a los seres queridos con mesas de ofrendas llenas de lo que más les gustaba, y en ese acto de fe, el dolor se transforma: “Este duelo pasará —susurra la noche— y después de un año, volverás a celebrar con ellos, recibirás su memoria y su presencia con esperanza y gratitud”.
Abuelas, wawas, ofrendas, música y símbolos de los pueblos originarios se combinaban para recordar que las tradiciones son hilos invisibles que conectan generaciones. Cada gesto era una lección de vida: honrar a los muertos es también celebrar la fuerza y la continuidad de quienes permanecen.
Riqueza patrimonial
Los visitantes habían sido guiados a través de un caleidoscopio de tradiciones, y ahora se encontraban frente a la riqueza patrimonial de la Semana Santa, expuesta con solemnidad en el Museo de la familia Soligno.
Las imágenes, los altares y la gastronomía típica de la festividad se desplegaban ante los ojos como un tapiz de historia y devoción. Cada detalle contaba una historia: desde la preparación de platos de vigilia hasta las procesiones que recorren los barrios, recordando la vida, la fe y la creatividad de generaciones de paceños.
El guía, con respeto y ritmo pausado, invitaba a los asistentes a mirar, escuchar y sentir cada objeto, cada costumbre, como si pudiera revelar el alma de la ciudad misma. Mientras el recorrido avanzaba, la música y el murmullo de los asistentes se mezclaban con el crujir de los pasos sobre la piedra y el mármol, creando un contrapunto que daba vida a la memoria.


Miranda recordaba que la Semana Santa ya es patrimonio del Estado Plurinacional, una declaratoria que confirma la importancia de preservar y proyectar estas prácticas a las futuras generaciones.
Entre los visitantes, el ministro consejero de la Embajada de República Dominicana, Ramón Grullón, compartía su admiración, señalando la singularidad de una tradición que logra tender un puente entre pasado, presente y futuro, mostrando cómo la cultura puede enriquecer y educar simultáneamente.
El recorrido continuaba, casi como un ritual, hacia el último hito del tour, y el aire se cargaba de expectación. Aquí, el Carnaval Paceño se encontraba representado a través de la simbólica aparición del Pepino, renaciendo de su tumba para celebrar la vida, la alegría y la identidad colectiva.
Las gradas se llenaban de visitantes ansiosos por disfrutar del espectáculo; los colores, los trajes, la música y la danza se entrelazaban en un diálogo perfecto entre lo moderno y lo ancestral, entre lo sacro y lo festivo. Cada gesto, cada movimiento, recordaba que estas tradiciones no son solo patrimonio cultural, sino hilos vivos que conectan a toda la comunidad paceña.
El último hito no era solo una estación más: era la culminación de un recorrido que reivindicaba la riqueza patrimonial de La Paz. Las familias se acomodaban en las gradas, los niños miraban fascinados y los adultos se dejaban envolver por la historia que se desplegaba ante ellos: la mesa ritual de ofrenda a la Pachamama con el fondo musical de los Suri Sicuris.
La noche se llenaba de aplausos, risas contenidas y susurros de admiración, mientras el cementerio se transformaba en un escenario donde la memoria, la fe y la cultura convergían en un acto de comunión y celebración.


La experiencia dejaba claro que conservar estas tradiciones, preservarlas y transmitirlas a las siguientes generaciones, es la manera de mantener viva la identidad paceña, de recordar que cada festividad, cada ritual y cada danza son piezas fundamentales del alma de la ciudad.
El alcalde Iván Arias cerró el recorrido recordando que más de 400 artistas habían participado en las seis estaciones, transformando el cementerio en un escenario donde la vida, la memoria y la identidad se fundían.
“Esto es lo que puede ofrecer La Paz —dijo—: nuestra cultura, nuestras tradiciones y nuestra capacidad de transmitir memoria y esperanza. Esperamos que el próximo año más personas se sumen a esta experiencia y que sigamos recuperando y fortaleciendo nuestras tradiciones”.
Mientras la noche avanzaba y los últimos grupos se preparaban para entrar, el cementerio parecía respirar con cada visita, con cada gesto de respeto y admiración. Allí, entre mausoleos iluminados, cantos ancestrales y la mirada de los difuntos recordados, se percibía que la tradición no era solo una costumbre: era un acto de vida, de memoria y de comunión.
Una Noche en el Cementerio General no terminaba con la salida de los visitantes; permanecía viva en cada corazón que había aprendido a escuchar, a agradecer y a celebrar, recordando que la cultura paceña es infinita, resiliente y profundamente humana.
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